• denissepeduzzi

Cruzando el desierto australiano

Actualizado: 19 de may de 2020


En Marzo de 2019 viajé por una de las rutas más remotas del mundo, en Western Australia. Fueron 2500 kilómetros de Perth a Broome. Tierra roja, playas de arena blanca, aguas turquesa y temperaturas extremas.


Camping Giralia, Western Australia

ATRAVESANDO EL DESIERTO AUSTRALIANO


Uno de los viajes más largos en auto que hice fue el de la costa oeste australiana. En total habrán sido, con desvíos incluidos, unos 2500 km.

Salimos desde Perth con mi amiga Dani en una Mitsubishi Pajero 0km que nos dieron en la oficina de alquiler de autos, un gran punto a favor considerando las dimensiones y condiciones de este viaje. Estábamos contentas porque nos dieron un auto mejor al solicitado por un free upgrade y porque era automático, nunca habíamos manejado caja manual del lado izquierdo y temíamos confundirnos mucho en la autopista.


Dejamos Perth con mucha ansiedad y por una ruta con árboles que de a poco fueron desapareciendo para darle lugar a la aridez de la zona.

Saliendo de Perth

Nuestra primer parada “turística” fue el desierto The Pinnacles, un lugar muy surrealista, una extensión enorme de arena amarilla y gruesa como polenta con formaciones de roca verticales muy particulares. Según los aborígenes australianos, este lugar es una zona energética muy importante.

Finalizado nuestro paseo, armamos por primera vez la carpa en un pueblo muy pequeño que se llama Cervantes. Allí vimos un atardecer increíble sobre el mar y gracias a un amigo que vivía allí, nos enteramos que la principal actividad del lugar es la pesca de langostas. Al día siguiente visitamos una laguna con estromatolitos, que son estructuras minerales formadas a través de un complejo y largo proceso natural.



The Pinnacles

Nuestro próximo destino era Geraldton. Allí cargamos provisiones y continuamos hacia Shark Bay. Dormimos en un camping en Hamelin Pool donde el paisaje era totalmente desértico, ahí el calor ya se empezaba a sentir y los administradores del camping nos hacían las primeras advertencias: “a la noche alumbren y miren bien por las dudas que haya serpientes”. Luego ya se volvería una recomendación común y corriente aunque a mi me seguía dando "miedito".


En Shark Bay visitamos Monkey Mia donde se paga una entrada para ver delfines que todos los días por razones naturales se acercan a la costa, fue hermoso verlos pero triste lo que descubrimos. Todas las mañanas dan de comer a los delfines pero no porque lo necesiten sino a fines de preservarlos sin dejar de captar turistas. Una vez más, la irresponsabilidad del hombre afectando la naturaleza: la gente que llegaba a esa costa los alimentaba por su cuenta y sin control, por eso, para que sus hábitos no se vean "tan" afectados decidieron hacerlo una vez por día bajo regulación de especialistas. De esta forma, la gente podía interactuar con ellos. Nosotras llegamos más tarde y cuando nos enteramos la razón de la alimentación, concluimos en que ni Dani ni yo habríamos participado.


Volviendo hacia la ruta principal paramos en una laguna de agua salada y en el mirador Eagle Bluff donde nos recibió un lagarto en el estacionamiento. Al bajar nos quedamos impactadas.

Desde allí veíamos la inmensidad del mar, los tiburones, peces y mantarrayas enromes nadando. Estuvimos un largo tiempo calladas e hipnotizadas con semejante espectáculo de la naturaleza y lo salvaje del lugar, ya que la costa oeste de Australia es uno de los lugares más remotos y vírgenes del mundo. Era como ver un documental de National Geographic en vivo y en directo.


La siguiente parada fue Carnarvon, un pueblo donde llegamos casi de noche, que nos pareció bastante tétrico y donde tuvimos el primer encuentro con aborígenes australianos en el supermercado cuando fuimos a renovar stock de provisiones. Fue el primer choque con la “verdadera” Australia del que tanto nos habían hablado.

El calor a esa altura ya era bastante insoportable y la temperatura apenas bajaba durante la noche.


A la mañana volvimos a la ruta y llegamos a Coral Bay, mi preferido del viaje. Una playa enorme de arena blanca, agua transparente y coral virgen. Si bien fue el primer lugar donde vimos varios turistas, era prácticamente como tener toda la playa para nosotras solas.

Alquilamos un par de snorkels y desde la playa nos metimos unos metros hasta donde empezaba el arrecife de coral. Peces de todos los colores y tamaños, formaciones coralinas enormes y en perfecto estado. Estuvimos horas en el agua disfrutando de la vida marina y aprovechando a mojarnos y bajar un poco el calor. Como nos encantó el lugar y, de todo el viaje, fue la primera vez que realmente nos relajábamos un poco, se nos vino encima el atardecer y no teníamos donde dormir. El camping del lugar era muy caro y nuestro presupuesto era muy acotado.

Encontramos un camping a unos kilómetros y decidimos ir aunque ya estaba bajando el sol y no es recomendable manejar por la gran cantidad de canguros que salen a comer a esa hora.

Nido de termitas

Mientras manejábamos lo mas rápido posible hacia el camping (pero siempre dentro de los limites permitidos), empezaron a aparecer en el paisaje unas estructuras rojas más altas que nosotras y con forma de gota que nos llamaron la atención, al tiempo nos enteramos que eran nidos de termitas.

Para llegar al camping teníamos que desviarnos por un camino de ripio, estaba absolutamente oscuro y llegamos a una tranquera blanca. Todo era de escena de película de terror, hasta el rechinar de la tranquera al abrirla. Dudamos de entrar pero no teníamos otra alternativa para dormir. Entramos a lo que parecía una granja, golpeamos la campana de la casa y salió un hombre muy amable que nos hizo pasar a la oficina, donde además había un museo casero con información sobre la granja, la zona, fotos antiguas y hasta piel de serpiente. Nos dio un lugar cómodo con césped para armar la carpa, iluminado y cerca de los baños. Nos miró los pies y dijo “¡ah bien! Andan de zapatillas. Mejor tener calzado cerrado por las serpientes. No salgan sin linterna y alumbren bien porque es frecuente verlas acá... y son peligrosas". Yo hasta al baño entraba con miedo de encontrar un "animalito" de esos que se haya metido sin querer.

Las estrellas en ese lugar se veían hermosas. Dormimos muy bien hasta las 7 de la mañana cuando empezaba a asomar el sol y ya se sentían los 40°C. Sí, ¡una locura! Y todavía no salía el sol. Como estábamos alejadas del mar, la temperatura era mucho más alta. Desayunamos, desarmamos campamento, nos despedimos de la gente del camping y seguimos. ¡Sobrevivimos a la “noche del terror”!


El próximo destino era el Parque Nacional Karijini. Encaramos la ruta donde seguían apareciendo elevaciones a lo lejos que eran los nidos de termitas, el paisaje seguía siendo

El viajero italiano en bicicleta por el desierto

absolutamente desierto. Extensiones infinitas de tierra y la nada misma, ni un arbustito. Solo tierra roja y planicie. Ya llevábamos más de medio camino hecho del total, ya no sabíamos de qué más hablar o qué juego inventar para no aburrirnos porque el paisaje no colaboraba. A muchos kilómetros del camping y a muchos más del próximo pueblo, vimos al costado de la ruta un hombre en bicicleta. Hacían 45°C, ni una mínima sombra a kilómetros a la redonda, ni poblados, ni donde abastecerse de agua o comida, y ahí estaba él. Frenamos para ver si necesitaba algo. Era un italiano que viajaba en bicicleta por el mundo hacía años y era la tercera o cuarta vez que recorría Australia. En su cabeza tenía una red, un típico y útil elemento necesario en Australia por la cantidad de moscas que hay. Tenía más de 70 años, le dimos agua, frutas y nos dio un recorte del diario con su historia y una dirección de email. Nos pidió que le enviáramos al hijo la foto que nos sacamos, le avisemos que estaba bien y dónde lo vimos. Viajaba sin reloj ni celular. No lo podíamos creer. Admiración total por ese hombre. Un loco lindo de esos que te cruza el viaje.


Subimos a la camioneta y continuamos. A esta altura del viaje ya habíamos acordado realizar actividades durante la mañana y el resto del día solo manejar. El calor era tan intenso que no era muy recomendable hacer caminatas a la tarde. El desierto australiano es muy extremo y peligroso, podés deshidratarte muy rápido sin darte cuenta, tan desolado que si te pasa algo estás a cientos de kilómetros de un pueblo o paraje y pueden pasar horas o días hasta que alguien pase por la ruta para auxiliarte.

Para mí este tramo del viaje era el más largo e interminable hasta el momento. Las listas de música que teníamos en el celular ya las sabíamos de memoria, y el paisaje era cada vez mas y mas desértico. Los pocos arbustos al costado de la ruta eran cada vez más pequeños hasta que en un momento se transformaron solo en piedritas y tierra roja. Fue recién después de 7 horas, llegando a Karijini, cuando la vista cambió un poco, empezamos a ver elevaciones que terminaron en montañas rojas con árboles que le daban un contraste hermoso.


Por fin cambiaba el paisaje llegando a Karijini

Nos costó trabajo encontrar camping, teníamos muy poca señal de teléfono para usar Google. Al final llegamos, dormimos dentro del Parque Nacional, armamos campamento con la cara y el cuerpo lleno de moscas. Eran realmente insoportables. Se te metían en la nariz, boca y ojos y, por desconocimiento, no habíamos comprado las redes para la cabeza como la que usaba el viajero de la bicicleta.

Cocinamos con pañuelos en la cabeza tapándonos por las moscas, comimos y nos acostamos. Esa fue la primera vez que no pude dormir por el calor.



Las noches anteriores habían sido muy calurosas también pero al final de cuentas había podido dormir. Esta vez, la carpa no estaba sobre el césped, sino sobre el suelo duro y seco del Parque Nacional. Durante la noche el suelo empezó a emanar el calor acumulado durante el día y hacía que mi colchón inflable pareciera un horno a 30°. Daba vueltas para todos lados, me mojaba con agua que obviamente estaba tibia, salía y entraba de la carpa pero me fue imposible poder dormir.


Al día siguiente nos levantamos con la primera luz del sol (como siempre para aprovechar la mañana “fresca”) y manejamos hacia la entrada de una de las caminatas de Karijini. Pasamos por unas piletas naturales aptas para nadar porque no había cocodrilos ni otro tipo de animal peligroso y aprovechamos a darnos un "chapuzon". Subimos y bajamos por formaciones de roca roja y bordó, cruzamos partes con bastante vegetación y llegamos a la siguiente pileta natural que era enorme. Todo el camino fuimos con gorra por el sol y un pañuelo tapándonos boca, nariz y oídos debido a las moscas. Muchísimas moscas, molestas, metiéndose por todos lados y zumbando. Lamentamos mucho no tener las redes para la cabeza. Cerca de las 11 de la mañana, como ya habíamos terminado el recorrido y hacían 40°C, decidimos seguir viaje hasta Port Hedland. El calor era agobiante y como llegamos al atardecer decidimos buscar un camping allí.



Apenas bajamos del auto en Port Hedland fuimos a tirarnos a la pileta del camping, después armamos la carpa. El día siguiente fue nuestro último tramo de manejar maratónicamente. Dejamos el pueblo después de desayunar, el termómetro del auto marcaba 47°C. El paisaje seguía siendo….desierto! ¿Adivinaron? A las horas paramos en un área de descanso a estirar las piernas y nunca en mi vida había sentido tanto calor. Seguimos hasta una road house (una estación de servicio que además suele tener alojamiento), quedaba literal en el medio de la nada. Se llama Sand-Fire Roadhouse y es muy conocida en la costa oeste. El nombre realmente le hacía honor, era desierto, arena roja y calor. Bajamos del auto y mis movimientos eran muy lentos, supongo mi cuerpo intentaba adaptarse a una temperatura que hasta el momento nunca había experimentado. Tomamos algo fresco en la tienda y comenzamos a charlar con una chica chilena que trabajaba allí y nos dijo que fue una buena decisión no entrar a conocer 80 Mile Beach porque en esa época había cocodrilos y era peligroso. Luego conversamos unos minutos con un hombre que juntos a su esposa viajaban en moto. Eran muy famosos en Italia por un programa que realizan sobre viajes y que se llama Dream Roads.




Seguimos viaje hacia Broome y unos 50 kilómetros antes de llegar empezamos a ver un poco de campo verde y algunas vacas. Estábamos felices de ver un poco de vida y un paisaje nuevo. Veníamos con mucha ansiedad, expectativas, cansancio y ganas de llegar. Entrando al pueblo se veían palmeras y mucha vegetación, se notaba que era una zona con clima tropical. Yo contenta le decía a Dani que mire el termómetro del auto que marcaba 38°C... pero llegamos a la playa y al abrir la puerta nos noqueó la humedad. La temperatura era más baja pero se sentía peor que los 47°C secos. Bajamos a ver la playa, nos pareció bonita pero nada de otro mundo. Leímos el cartel que decía “cuidado con los cocodrilos y las medusas” y explicaba qué hacer en caso de encontrarse algún animalito. Volvimos al auto y buscamos en internet la dirección de nuestro hostel para llegar y poder instalarnos en el que sería nuestro hogar por un mes y medio. Antes, pasamos por el pueblo a ver qué tal era y para mi sorpresa fue muy decepcionante...pero solo era cuestión de días para cambiar totalmente esa primera impresión.











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