• denissepeduzzi

Samoa: aventuras y desventuras en la Polinesia

Actualizado: 18 de may de 2020


El lugar menos turístico que he visitado. En este viaje con dos amigos nos pasó de todo. Aun así fue de los mejores de mi vida

En marzo de 2018, mientras hacía mi Visa Working Holiday en Nueva Zelanda, compré mi pasaje para ir a Samoa, un país poco turístico que me llamó la atención apenas escuché hablar de él. A mi locura se sumaron dos amigos, tras varias invitaciones y, lo reconozco, mucha insistencia de mi parte. Ellos son Joaco y Emmanuel. (En un futuro Emma me diría, y a exclusivo pedido de él cito textual: “Denu, ¡gracias por hinchar tanto las pelotas para que viniera al viaje! ¡Estuvo genial!”. Imaginate si les insistí).

La llegada a Samoa, el caos

Nuestra llegada fue bastante caótica. Bajamos del avión y sentimos el hermoso calor y la humedad del lugar. Al entrar al aeropuerto nos llamó la atención que el free shop era una mesa con un cartel y algunas botellas de bebidas alcohólicas, sin dudas el más llamativo, gracioso e interesante que vi hasta ahora.



En Migraciones estuvimos demorados cerca de una hora y acá viene la parte más hermosa (sarcasmo): Completamos un formulario antes de bajar del avión pero no habíamos declarado nada sobre nuestro alojamiento, por lo que sospecharon que veníamos al país con intenciones poco claras. La realidad es que no teníamos un plan armado, queríamos ir con la corriente. ¡Mala idea! No se puede entrar a Samoa sin declarar tu alojamiento. Y aunque no tengas un plan a seguir, ¡tenés que pensar en uno! Al menos para decirle a Migraciones. Además de tener una ruta de viaje tentativa, hay que tener si o si alojamiento reservado para la primera noche. Esto es un requisito para entrar a Samoa. Retomando, ahí empezamos a revolver nuestras mochilas buscando documentos y papeles para demostrar que no queríamos quedarnos en el país a vivir y tuvimos que contestar montón de preguntas. Para agregarle conflicto a la trama, se filtró que Emma tenía doble nacionalidad, argentina e italiana. Joaco, queriendo “ayudar” y, a traición de las gramáticas inglesa y española entremezcladas, básicamente le dijo al agente migratorio que muchos argentinos tienen doble nacionalidad para “irse a buscar una mejor vida en otro país”. Emma y yo lo miramos con ojos como el “dos de oro”, eso es exactamente lo que Migraciones NO quiere escuchar jamás. A mi me sellaron el pasaporte y me hicieron pasar. Me senté en una silla preocupada mirando qué pasaba con los chicos. Creo que transpiraba más de los nervios que del calor y la humedad, sus caras no eran buenas y a mi no me dejaban volver a acercarme para ayudarlos. Mientras tanto, unos samoanos con instrumentos musicales intentaban darme charla y me ofrecían una serenata (era una banda que toca cuando llegan los pasajeros de un avión, pero como nosotros quedamos demorados nos la perdimos). Era una escena muy bizarra que hoy me da mucha risa pero en ese momento recuerdo pasarla muy mal. Por fin se resolvió y pasamos los tres con estadía por 15 días, entramos a Samoa con un aire muy negativo por el mal trago de Migraciones. Los chicos estaban más estresados que yo y les llevó más tiempo bajar la “mala onda”.

Un fale con tumbas en el frente

Cambiamos dinero en el aeropuerto (recomendado ya que no hay muchos mas lugares para hacerlo en la isla. Hay solo uno o dos cajeros automáticos y en los alojamientos de presupuesto mochilero no suelen cambiar), conseguimos un taxi para ir hasta el centro de Apia y en el camino nos relajamos mientras mirábamos por la ventanilla. Estábamos en la Polinesia. Mucho verde, mucha vegetación, el mar turquesa, palmeras altísimas, casas sin paredes que son típicas construcciones samoanas llamadas fale y con tumbas en la entrada. Hasta pasamos justo por una casa donde había un funeral. Se notaba que recién habían enterrado al difunto porque la tierra estaba suelta y era más oscura que el suelo. En Samoa los cuerpos se entierran en la propia casa, algunos hacen una tumba simple sobre el montículo de tierra que queda y otros prefieren destinar una zona para un mini cementerio familiar. Primer increíble choque cultural y yo estaba “chocha”. Nos quedamos la primer noche en un hotel muy decadente, era bastante feo, viejo y poco cuidado. La habitación no era un lujo pero estaba bien para lo agotados que estábamos. Había una cama doble, una simple, una bacha, un baño y una lagartija en la ducha. Salimos a buscar comida y caminar un poco por la ciudad al atardecer, íbamos sorprendiéndonos a cada paso de lo que veíamos, una vida tan distinta a la nuestra, la vida en una isla, a miles de kilómetros del continente. Compramos provisiones y unas “Vailima” que es la marca de la cerveza local, y hasta ahora la más horrible que he probado en mi vida. Era como agua con gas con un sabor extraño, pero igual brindamos en el hotel contentos por el viaje, por haber superado un día muy estresante y nos fuimos a dormir.

Lalomanu, la primer playa

A la mañana siguiente rentamos un auto para recorrer la isla. Al ritmo de "Despacito" versión samoana que sonaba en la radio cruzamos la isla hasta llegar a nuestra primera playa llamada Lalomanu.



Playa Lalomanu, la primera vez que vi el mar turquesa

El viaje para mí fue fascinante porque íbamos viendo la isla y su gente, su ritmo de vida, viviendo el día a día, sus poblados, 100% real y cero turismo. En Lalomanu nos hospedamos en Taufua Beach Fales por 90 Tala la noche, fue caro pero nos dejamos llevar por la emoción del momento y solo queríamos bajar del auto y disfrutar la playa. Allí encontramos algunos turistas y éramos unos diez en total. Hicimos el check-in en nuestro fale (una chocita con colchones y mosquiteros ubicada en la playa, a metros del agua) y corrimos al mar. En ese lugar cumplí mi sueño de meterme al mar tropical, turquesa-transparente, “donde me pueda ver los pies” según mis propios términos, ya que las playas que conocía hasta el momento eran de agua turbia y marrón. Estaba fascinada, no lo podía creer y le gritaba a Emma “¡Boludo, me veo los pies! ¡Boludo, veo los peces!”. Él estaba al lado mío, no había necesidad de gritar pero estaba ida en mi emoción, no podía borrar la sonrisa de mi cara.


Lalomanu. Primera vez durmiendo en un fale

Sin embargo, no todo es felicidad en la vida, y cuando fuimos a buscar las mochilas al auto nos dimos cuenta que las puertas estaban cerradas y la llave adentro. Odisea para conseguir abrir el auto. Intentamos nosotros y no pudimos, intentó la gente del alojamiento y no pudieron, tuvimos que pedirles que nos consigan un cerrajero que costó bastante porque era fin de semana y nadie quería cruzar la isla para ir a trabajar, para colmo ya sobre el atardecer. Finalmente vino nuestro salvador, que nos cobró doble porque era día de descanso (seguramente nos cobró triple por ser turistas también, pero jamás lo sabremos. Igual, nos salvó el día y creo que hasta lo abrazamos).

Esa noche cenamos todas las personas del hostel juntas en una mesa larga y después hubo bailes típicos que, para nuestra gran sorpresa, varios fueron con canciones de reggaetón.

Samoanos bailando con trajes típicos

Si, las que bailábamos en el boliche en Argentina...pero en Samoa... locales con trajes típicos... haciendo danzas típicas... con temas de Daddy Yankee y Enrique Iglesias. No podíamos parar de reir con los chicos, no nos esperábamos que los samoanos escucharan tanto reggaetón. Después se armó baile con los locales y los turistas al ritmo de...reggaetón, ¡claro!



Camino a To Sua Ocean Trench

Al día siguiente dejamos Lalomanu. Manejabamos en dirección a To Sua Ocean Trench cuando tuvimos que frenar al costado de la calle ya que no podíamos ver hacia adelante por la torrencial lluvia tropical que se largó. Los chicos de nuevo estaban un poco enojados con Samoa, esta vez con la lluvia que nos demoraba la aventura, pero yo lo disfrutaba igual porque todo lo que nos estaba pasando (bueno y malo) formaba parte del viaje también. Mientras esperábamos y charlábamos en el auto, vi una escena que no presenciaba probablemente desde que yo era chica: dos nenes jugando, "chapoteando" y riendo bajo la lluvia. Me quedé mirándolos un rato largo y lamenté no tener una cámara de fotos, pero lo guardé en mi álbum de Fotos Mentales (si, de verdad existe en mi cabeza). Cuando dejó de llover seguimos viaje, había muchos vados desbordados y en uno necesitamos ayuda de unos locales para poder cruzarlo. Traía muchísima agua y teníamos miedo que se lleve el auto y a nosotros dentro. Pasamos, no sin celebrar la hazaña junto a los locales, y a los minutos de andar sentimos un ruido raro en la parte delantera. Otra vez a frenar al costado de la calle. Se había desprendido un pedazo del paragolpe y había mucha maleza enredada en el cañito que hace girar la rueda (¡Claramente no tengo ni idea de mecánica!).

Chequeando el auto y debatiendo posibles soluciones

Después de debatir qué hacer, cómo solucionarlo, intentar solucionarlo y pelear un rato (pues no todo en el viaje es paz y amor, pero obviamente son discusiones insignificantes guiadas por las emociones del momento), decidimos atar el paragolpe y seguir a pesar del ruido. No funcionó. Terminamos perdidos en un almacén en el medio de la isla, no teníamos Internet ni teléfono, la encargada amablemente llamó a la compañía de alquiler de autos, les explicó la situación y debimos esperar cerca de 3 horas a que nos vayan a buscar. Los chicos estaban arriba del auto quejándose del calor y de que querían estar en la playa, después se quedaron charlando y yo fui a caminar un poco y observar y fotografiar con el celular plantas y flores que nunca había visto. Por fin llegó nuestro nuevo auto y pudimos continuar hacia el To Sua Ocean Trench. Una piscina natural, un agujero gigante en la tierra conectado al mar por un túnel, rodeado de vegetación y con unos contrastes de colores verdes y turquesas increíbles.





Pasamos unas horas allí y recorriendo los alrededores hasta que emprendimos la búsqueda de alojamiento para esa noche. Al día siguiente, regresamos a Apia a devolver el auto temprano para cruzar a la isla Savai’i, donde también nos esperaban aventuras y desventuras en la paradisíaca y hermosa Samoa, comenzando por la estación de ferry (ni siquiera alcanzamos a cruzar de isla que ya nos enfrentamos a otro contratiempo).

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